| LA CASA DEL PADRE |
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Entonces cerré los ojos y me puse uno de esos antifaces de tela que las azafatas te dan para que puedas dormir. De los auriculares de plástico pasaba total. Al principio estaba muy oscuro, tan oscuro que casi no se podía ver nada. Pero de repente, había momentos de luz como chispas eléctricas cuando intentaba abrir los párpados presionados por la tela. Estaba en un avión, en las nubes, con TWA 800, de regreso a casa después del largo viaje. En este país que ahora dejaba, parecía como si la historia de mi vida se hubiera repetido pero de una manera acelerada. Las personas que fui conociendo eran como dobles de las que había ido conociendo a lo largo de mi vida. Sólo que ahora, mi relación con ellas duraba mucho menos, a veces tan sólo unos dias o unas horas. También las casas en las que viví me recordaban enormemente a las casas por las que pasé durante mi vida en España. Y también los nombres, los nombres de las gentes, eran todos como los nombres de las personas que ya conocía, pero casi siempre con diferentes caras. Recuerdo que nada más llegar, en mi primer dia serio en la ciudad, fui a la biblioteca del MoMA en la calle 53. Y allí estaba ella, mi primera novia de cuando yo tenía 20 años. No me lo podía creer, sentada en la mesa de recepción, con una pinta de secretaria increíble, las piernas cruzadas y con dos tetas descomunales, me estaba sonriendo, a mí. Se llamaba Anne; la auténtica se llamaba Ana. Mi relación con la primera Ana duró muy poco, apenas unos meses, y con un verano de por medio, cada uno en una parte diferente del país. Ella estaba enamorada de un piloto de Iberia con el que luego se casó pero algo se pudo hacer en el asiento trasero del Dos Caballos que yo compartía con mis hermanos. Desde luego, mucho más que con esta Anne, que al día siguiente ya no estaba allí. En su lugar había otra persona, un chico, bastante antipático por cierto. Nunca más volví a ver a Anne. A los pocos días, y en la misma biblioteca, apareció la segunda de mis novias, Montserrat. Yo estaba intentando descifrar un artículo de Rosalind Krauss, con el diccionario entre las manos y la revista en la mesa. Su cara era igual de tiesa, y sonreía con miles de arrugas alrededor de la boca y en el cuello. Era alemana y me pareció muy agresiva, igual que Montserrat. Yo ya estaba esperando el primer bofetón en cualquier momento y sin motivo aparente. Tal vez porque no le gustara mi archivador negro tan característico de los estudiantes españoles. Recuerdo que dijo algo sobre esto. Gunda era su nombre y se fue a sentar justo delante de mí. En esta ocasión los nombres no parecían tener nada que ver, pero eso no pareció influir mi intuición de que era ella misma, o por lo menos algo muy aproximado. Afortunadamente esta segunda falsa novia tuvo menos tiempo aún que la primera de intentar desviar mi destino, aunque debo admitir que tomamos algún café juntos. Inmediatamente después conocí a Sara. Sara estaba haciendo un internship en el MoMA, en el departamento de exposiciones, creo. Esta fue para mí como mi tercera novia, que se llamaba Blanca. En esta ocasión no había ningún parecido en los nombres, no entendí muy bien por qué, pero el parecido físico era asombroso de todas formas. No muy alta, pelo oscuro, delgada, y superguapa. Recuerdo haber pasado unos momentos maravillosos enseñándole a soldar metal, a Blanca claro. Con Sara compartí mesa algunos días en la cafetería reservada al staff del MoMA. Y aunque parezca increíble, ella intentó seducirme con perfumes, sin darse cuenta de lo poco que a mí me importan estas cosas. Lo bueno de este tercer encuentro era que yo sabía que me iba a llevar al cuarto y definitivo encuentro con mi cuarta novia. Mi razonamiento era que como ésta cuarta novia nunca existió en España, iba a tener que ser la primera de verdad en este nuevo país. Sara me invitó a su fiesta de cumpleaños en la calle Greene y allí pasó lo que tenía que pasar. Pero esta es otra historia que ya contaré en otra ocasión. Muchas veces los números también coincidían. Los ocho meses que estuve trabajando en una galería del SoHo como un cerdo los interpreté como los ocho años que trabajé para mi padre amasando barro en el oscuro y húmedo alfar de la Mina. Después de ocho años haciendo este deprimente trabajo, finalmente encontré a otro primo que me reemplazara, aunque yo continué trabajando en el taller de mi familia. Después de los ocho meses en la galería, me dieron una beca y pude mandar a paseo a mi boss. Chúpate esa. Podría continuar dando más detalles sobre las asombrosas coincidencias numéricas y de nombres y de lugares, pero no lo voy a hacer. Sólo decir que fue como vivir otra vida pero en pequeñito y sin padre ni madre esta vez. Entonces, como iba diciendo, yo estaba en el avión y finalmente me dormí y tuve otro sueño. Era el último día de las vacaciones y yo tenía 12 años. Estábamos en Bonalba, en la casa que mis padres construyeron en los sesenta, cerca del mar, en Alicante. Era hora de volver a Madrid e ir al colegio. Pero yo no quería irme y me escondí en la chimenea. Cuando mi familia se marchó y yo me quedé solo, empecé a caminar por la casa, por las diferentes habitaciones y vi cosas. La casa estaba muy oscura, excepto por la luz que entraba por unas ventanas. Entonces me fijé en algunos muebles, en la gran mesa de mármol, en los retratos de los antepasados. Vi las marcas con lápiz en la pared, con las alturas de todos los de la famila y de casi todos los años, desde que yo tenía tres. Estaban detrás de la puerta del comedor. Las inscripciones tenían el nombre y a continuación el año. Sara 1968, Agar 1970, Yago 1973, Iro 1980, Mamá 1972, Papá 1978. Se podía ver cómo las señales de mis padres apenas variaban de un año para otro. Aunque la verdad, no entiendo como podían variar en absoluto. También estaban las alturas de niños que no pertenecían realmente a la familia, como la de los primos de Sevilla que vinieron en 1974 y 1976, y pusieron sus nombres, Juan Carlos y Guillermo. Y también había otros nombres de algún otro niño que no eran ni tan siquiera familiares, generalmente el hijo de algún amigo de mis padres que estaba de visita. Para que el niño no tuviera celos, supongo, mi padre decidía marcar su altura también. Pero para mí y para mis hermanos estas marcas eran como invasiones de nuestra pared especial, lo estropeaban todo. Mis marcas eran siempre las más bajas hasta que un año pasé a mi hermana Sara, en 1980, y a mi hermana Agar en 1982. Estoy seguro de haber alcanzado también a mi hermano Yago, pero creo que a todos se nos olvidó medirnos un verano, y nunca más se supo. Y ahí estaba yo, en la casa, muy pequeño, y me estaba preguntando a mí mismo si prefería ser capaz de hacer levitar objetos y ser rico y famoso en el mundo entero por ello, o si en vez de eso prefería ser un famoso escultor. Tener poder para mover objetos sin tocarlos era realmente atractivo. Pensé que era un dilema absurdo ya que nunca tendría que tomar una decisión de ese estilo, pero un dia vi una estrella fugaz o algo así, y pensé que era el momento de decidir, y recuerdo haber elegido ser un escultor. Pero estaba bromeando, no lo decía de verdad. Por supuesto, ahora me arrepiento. Cuando me desperté, pensé en el sueño que acababa de tener y pensé que ser un famoso escultor no era tan malo después de todo. Pensé mucho sobre cuánto dinero tendría y cómo me lo gastaría. Si ganara 50.000 pesetas en un mes vendiendo alguna obra, al mes siguiente parecería lógico ganar 100.000, y al tercer mes, 300.000, etc. Esto significaba que en un año llegaría a tener 102.400.000 pesetas. Y la siguiente cosa a considerar era cómo gastar el dinero, y empecé a pensar en que compraría un trozo de terreno, con la carretera principal bastante lejos de la casa. Empecé a imaginarme cómo sería la tierra de grande… y después, la casa de los huéspedes, que estaría cerca de mi casa pero alejada del estudio, un pequeño paseo… Toda mi vida he estado recogiendo notas y observaciones para este proyecto personal. Cada vez que veo un edificio industrial, lo añado a este banco de ideas. Tomo notas mentales, a veces haciendo dibujos en mi cuaderno, por si acaso algún día tengo la oportunidad de construir este enorme estudio, la casa de huéspedes y mi casa. Recuerdo estar obsesionado en mi infancia con la Casa de la Cascada y con el Habitat que Safdie construyó para la Exposición de Montreal en 1967, que era como una montaña blanca formada por cubitos de azúcar. Yo podría comunicar los diferentes cubos de mil maneras y habría miles de escaleras por todas partes; eso me gustaba. También de mi infancia recuerdo el enorme edificio de la imprenta que había justo delante de la fábrica de mis padres. Era un lugar abandonado y era como la solución gigante del perfecto estudio. Hasta la más reciente, la construcción que se podía ver desde la ventana de mi hotel en Shanghai, una construcción temporal de metal que utilizaban los obreros para refugiarse de la lluvia mientras construyen el rascacielos. Recuerdo también que en el sueño entré en uno de los dormitorios y vi el mapa del mundo. Y que al final fui a la cocina. Era el día de San José y allí estaba el abuelo de mi padre cocinando, haciendo buñuelos de arroz. ISIDRO BLASCO
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