| LA HABITACIóN COMO LA TOCO |
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La primera vez que vine a esta ciudad de Nueva York fue a principios de 1996. No estaba pasando nada particularmente importante aquí o en España en aquel momento, por lo menos que yo recuerde. Pero el día de mi llegada no se me olvidará nunca. Hacía tanto frío que mis orejas empezaron a congelarse, y había nieve por todas partes, ya que la ciudad acababa de salir de la tormenta de nieve más grande que se recordaba. Aterricé en un loft de Brooklyn donde vivían unos artistas españoles. Era un lugar inmundo. Las ventanas daban a un patio interior, pero como estaban cubiertas por plásticos, la vista hacia afuera era borrosa y deprimente. Los techos eran realmente altos y las tuberías estaban a la vista. A mí me asignaron una cama que estaba literalmente encima de la cocina, aunque es muy generoso usar la palabra "cama" o "cocina" para referirse a cualquiera de las dos cosas. La cocina consistía en una enorme estructura de madera, como las que a mí me gustan, con toda clase de divisiones para las sartenes y cacharros y con suficiente espacio en medio para poder sentarse y comer. Encima de este enorme artefacto de madera, habian puesto un colchón, mi colchón. Puede que suene romántico ahora, pero durante los meses que estuve vivendo allí, parecía como si estuviera viviendo en un calabozo. No creo que invitara nunca a mis amigos, ni siquiera a mis ligues, a "mi casa". Me despertaba cada mañana con el olor a café rancio, whiskey derramado y humo de tabaco. Esto no era lo que tenía in mente cuando tomé la decisión de salir de mi país. Pensaba entonces que desde aquí sólo podría ir hacia mejor. Me levantaba de la cama, me vestía, y empezaba mi rutina diaria de patear la ciudad. Caminaba arriba y abajo de la isla, parándome por el camino en todos los edificios y estructuras que tenía que mirar y reconocer, y visitando a las personas que estaban en mi corta lista de nombres que había recopilado en España. Visitar a estas personas resultó no merecer la pena, ni siquiera la energía que gasté en andar hasta sus casas o estudios u oficinas. Todo el mundo en esta maldita ciudad está muy ocupado y nadie tiene el tiempo de hablar con el recién llegado. Y aquellos que parecen tener tiempo, llegarán a traicionarte tarde o temprano. Con el tiempo, aprendes a no confiar en nadie aquí. A las dos semanas de mi llegada, me monté en la mal afamada línea "G" para ir de una parte de Brooklyn a otra. Iba a la casa de Sarah en Boerum Hill; por aquel entonces ella trabajaba como periodista para el New York Times. Ella quería practicar su español y yo tenía que mejorar mi inglés. Nuestra primera clase de intercambio fue el día de San Valentín. La gente dice que la linea "G" es la más peligrosa porque no pasa por Manhattan. No sé, quizás la "G" tiene menos gente que otras líneas, pero por lo demás a mí me pareció prácticamente igual a las otras. Fue en el subway donde empecé a percatarme de los chicles pegados en el suelo y de cómo te van siguiendo por los pasillos. Tambien vi fascinantes obras en construcción. Eran increibles, con las tuberías curvándose por todas partes y los techos y las paredes construidos en madera y pintadas de azul. Usan grandes trozos de madera para cualquier cosa y luego lo cubren todo con más madera, y ponen cintas de "no pasar", y pintan con spray muchos números y signos por las paredes y por los techos y por el suelo también. Tengo que decir que yo ya estaba enamorado del trabajo de J. Stockholder antes de venir. Pero estar aquí, en esta ciudad y ver todo esto, me hizo comprender y sentir su trabajo de una manera más visceral. Mi primera impresión de Nueva York fue esta repentina acumulación de madera y pintura y tuberías y cables, increibles montones de material todos revueltos. Todo esto me pareció como si hubiera sido hecho por una persona que no seguía direcciones de nadie. Nada de planos. Una persona que estaba obsesionada con la idea de rellenar la superficie que se encuentra justo delante de ella, sin ninguna otra razón más que la de rellenar esa específica superficie. Ahora que lo pienso, era como si esta persona no estuviera enfocando su mirada en lo que realmente estaba haciendo, sino más bien en algo que se encontraba a más de un metro de distancia enfrente de ella, justo enfrente, como cuando miras a través de una ventana y no enfocas lo que está en la superficie del cristal sino lo que está pasando justo al otro lado. Mirando hacia atrás, ahora me doy cuenta de cómo los primeros días en esta ciudad me produjeron una profunda impresión. Cuando camino por las calles e inhalo los olores de la ciudad, como el café, o los pretzels, o los cacahuetes tostados, o el gas, me transporto a aquellos primeros dias. Y respiro profundamente en las calles, en cualquier calle, y el aire frío penetra en mis pulmones, como si fuera la primera vez. Me da la sensación de que sólo el hecho de estar aquí es una liberación completa, sin padre ni madre, y todo sucediendo mucho mas rápido. Los principios son siempre muy intensos, por la sorpresa y porque encierran en sí mismos el germen de lo que irá a pasar en el futuro; pero ésto ocurre sólo si te paras y escuchas con atención Recuerdo haber tenido la sensación de que todas las cosas que me estaban pasando aquí en esos primeros dias, eran como pistas de lo que iría a pasarme durante el resto de mi vida, pero todo comprimido. Cada día era como varios años, cada hora encerraba lo que iría a suceder durante varios meses en el futuro. Pero no presté mucha atención a estos sentimientos, y no tomé nota de todos los detalles. Así que ahora sólo recuerdo las líneas generales. Ahora que lo pienso, quizás sea mejor así. Una tarde, despues de un largo paseo, volví a mi apartamento de Brooklyn, y la primera cosa que se me antojó hacer, después de soltar mi mochila, fue salir a la calle y comprarme uno de esos aguados y terribles cafes en vaso de papel. Fue como un impulso. Acto seguido, con la espalda contra la pared para no interrumpir el tráfico de gente, empecé a dar sorbitos a mi café. En aquel momento me sentí la persona más afortunada del mundo. Estaba lejos de mi país, lejos de mi familia y de mis amigos, y pude ver toda mi vida enfrente de mí totalmente en blanco, sin dibujar. Y algo aún mejor que esto fue la realización de que me encontraba al otro lado del agujero rectangular a través del cual todos los demás me miran y fue entonces también cuando me di cuenta por primera vez de que ninguno de ellos podía realmente verme mirando a través de aquel rectángulo. Era una situación privilegiada. Yo era capaz de ver todas aquellas caras familiares a través del rectágulo mientras que ellos sólo podían ver su propia imagen reflejada. Aunque tardé bastante tiempo en darme cuenta de esto. Durante mucho tiempo tuve la sensación de que podían verme, y cada vez que alguien se asomaba y empezaba a mirarme, tenía yo que empezar a actuar; siempre de la forma que la otra persona quería, siguiendo sus movimientos, sus gestos, como se espera que haga una imagen en el espejo. Finalmente había llegado al lugar donde se encuentran todos los símbolos de mi propia cultura. Podía mirarlos y podía tocarlos, eran reales. Y había llegado, en fin, al lugar donde podía mirar sin ser visto.
Isidro Blasco |